Contra cualquier idealización anterior o posterior a la contienda electoral, el resultado de la misma estaba “cantado”; cualquier buen observador, tanto urbano como rural, sabía desde mediados del 2008, que la consecuencia directa del conflicto agrario era que la clase media argentina -concepto por lejos, mucho más abarcativo que el de burguesía rural o urbana- le había dado la espalda al proyecto político estratégico del Kirchnerismo. No hay una razón exclusiva, pero la inmensa mayoría de las miradas y las definiciones emergentes tanto individuales como de clase, se anclaban –por lo menos- en el conflicto agrario.
Además, la profundización del proyecto estratégico del
Kirchnerismo, durante la segunda mitad del 2008 y la primera de 2009,
donde se destacaron ampliamente, la reestatización de los fondos para
jubilaciones y pensiones, la reinstalación de actualizaciones
periódicas y automáticas de los haberes jubilatorios y la
re-nacionalización de Aerolíneas Argentinas, ayudó a que los partidos
políticos representantes de aquellos egoísmos clasemedieros,
fortalecieran sus embates y sus intenciones de restauración
conservadora se hicieran más evidentes, aún en el republicanismo
anquilosado de la UCR/CC/Cobismo.
Algunos hablan de una “derechización de la sociedad argentina”,
interpretando apresuradamente que la totalidad de los votos que no
acompañan al gobierno, fueron un capital acumulado por la derecha
política. En principio si así fuera, esta no sería una interpretación
fundamentada en cuestiones ideológicas, sino más bien, en el análisis
somero y equivocado de los resultados a favor de fuerzas políticas,
entre las cuales, solo algunas responden a un uniforme marco ideológico
de derecha.
Nosotros decimos que la sociedad argentina –por lo menos desde 1973-
nunca acompañó tanto como lo hace hoy, políticas de tinte nacional,
popular y progresista, así como con su inscripción en una corriente
latinoamericana de gobiernos rondando en torno a esos signos. Por esto
es que el mundo considera hoy a Latinoamérica, como el bastión más
importante de la resistencia al neoliberalismo y a la infausta
globalización.
Los resultados de estas elecciones, tienen dos costados bien
definidos. Uno, es que éstos son de mucha mayor gravedad, que aquellos
experimentados en la elección ganada por el Menemismo en 1989,
interpretada por él mismo y sus aliados Neustad y Alzogaray, con el
desvergonzado reconocimiento de que si hubieran dicho lo que iban a
hacer desde el poder, no los hubieran votado. Hoy en cambio, la derecha
captura adhesiones numerosas, en muchos casos sin recurrir a mentiras
ni subterfugios; reconocen que lo privatizarían todo; que es necesario
volver a los ajustes con sus consabidas consecuencia para el pueblo y
el Estado, y sin pudor, muestran descaradamente en los medios masivos
de comunicación que ponen en juego su propio dinero al servicio del
objetivo electoral -sin necesidad de justificar su acelerado y
sospechoso enriquecimiento-. Esta observación no habilita para hablar
de una derechización -que implicaría adhesiones ideológicas que no se
manifiestan en la realidad-, sino que convoca a pensar que una gran
mayoría de nuestra clase media, ha derribado barreras morales que
durante años supo levantar como estandarte de sus logros culturales.
El otro costado, aún más significativo para nuestro desarrollo
futuro, es el que resulta del crecimiento del espacio político que
acompaña al actual proceso inaugurado por Néstor Kirchner y Cristina
Fernández. Nos permitimos retomar para ese espacio la denominación de
MOVIMIENTO TRANSVERSAL –Nacional, Latinoamericanista, Popular y
Progresista, y explicamos porqué.
Néstor Kirchner resultó electo con el 21 % y fracción de los votos
válidos emitidos, debiendo contabilizarse como el grueso de ellos, los
aportados por el Peronismo Bonaerense, fuertemente controlado entonces
por el aparato Duhaldista tras su confrontación con el Menemismo.
Cuatro años más tarde, Cristina Fernández resultó electa con el 45 % de
los votos válidos, manteniendo por entonces el apoyo de cierto
Dualdhismo oportunista, encabezado por Felipe Solá, aún incluido entre
las filas del Justicialismo Kirchnerista; estas huestes digamos
“Peronistas” ya estaban disminuidas por las deserciones no explicitadas
de algunos caciques territoriales y gremiales (caso paradigmático el
del Momo Venegas -UATRE/Necochea-), que tras la ruptura de Kirchner con
Duhalde, claramente expresaban en privado su vuelta al redil
Duhaldista, del que nunca se habían retirado en el plano ideológico.
Claramente esos 24 puntos de diferencia entre una elección y otra, eran
recursos obtenidos en su mayor parte, desde un apoyo transversal de la
sociedad al gobierno de Néstor Kirchner, que se amplían grandemente
cuando le agregamos los votos que reemplazaron a la retirada de muchos
votos Duhaldistas, llamémoslos “puros”.
Estas elecciones legislativas (primeras después del terrible
conflicto agrario), arrojan un resultado nacional a favor del proyecto
estratégico del gobierno, del orden del 35 % de los votos válidos
emitidos. ( ) Hay que preguntarse tres cuestiones centrales:
1- ¿Qué significa el apoyo de más de un tercio de los votantes a un
proyecto que, por las medidas adoptados durante la gestión y por el
discurso electoral en defensa de su trasfondo ideológico -en todo
momento mencionado como proyecto nacional, popular y progresista- no
puede ser considerado un voto ingenuo o desarticulado de la realidad
del pensamiento político?
2- ¿De qué sector de la sociedad proviene esa migración del 10 % que ya
no acompaña al gobierno y hacia qué partido desplazaron sus
preferencias? ¿Acaso no puede pensarse seriamente que ellos fueron
mayoritariamente los aportantes a Proyecto Sur y a Encuentro Popular?
3- ¿Cuál es la coincidencia ideológica-política de la mal
intencionadamente denominada “oposición”? ¿Acaso ese 65 %, tiene las
suficientes afinidades en cuanto a las políticas que implementarían
desde la gestión, como para considerarlas interpretes de una demanda
social unificada?
Así visto el panorama, el proceso de transformación en marcha
cuenta con el apoyo de algo más de un tercio de la población y el
reclamo por su profundización ronda el 50 %. Importante conclusión para
visualizar el futuro, en la medida que nos muestra que tanto en la
sociedad como en las Cámaras legislativas, se cuenta con soporte para
avanzar en el camino elegido. Eso sí -cae de maduro- que deberá hacerse
con la sensatez y la sabiduría que no se tuvo para enfrentar el
conflicto agrario y además, con un recambio en los cuadros políticos de
la gestión estatal, para dotar a la misma de la mayor eficiencia y
coherencia con la propuesta hecha a la sociedad. Esta interpretación
valida al ciento por ciento, lo planteado por Carta Abierta en
diferentes situaciones; le da sentido a nuestra intención de interpelar
permanentemente a la sociedad y al gobierno desde nuestro apoyo al
mismo y debe coadyuvar a aceptar la idea de que, quienes –con otros
alineamientos- dicen defender transformaciones profundas más allá de
las que intenta el gobierno, no constituyen los enemigos del proyecto
transformador, sino sus detractores circunstanciales que, puestos ante
la verdad de los hechos concretos del accionar del Estado y el
gobierno, deberán definir a que campo de la puja por el poder desean
tributar.
Finalmente, más allá del resultado de la confrontación
política-electoral, debemos analizar en que estado de evolución se
encuentra la batalla cultural. Antes de aceptar lisa y llanamente, que
“la batalla cultural está perdida”, deberíamos interpelar en todos los
ámbitos -sociales, gremiales y políticos-, a aquellos que enarbolan
discursos y posiciones, ilusionados con que algunas migajas sobrantes
del festín anti-distribucionista de la derecha, serán para ellos.
Ponerlos frente a la evidencia, que el único camino para avanzar en un
bienestar para los eslabones más débiles de la cadena económica, es
enhebrar la solidaridad entre ellos, alentando su participación en el
mundo de las organizaciones sociales, gremiales y políticas y desde
allí, trasladando iniciativas al espacio de gestión de las políticas
estatales, previo tendido de los lazos necesarios, para que ello sea
posible. Unir así el poder de las organizaciones del pueblo, con el de
aquellos que dicen interpretar sus deseos reivindicatorios.
Se nos ocurre como del mayor interés hoy, conocer los resultados de
una encuesta que indagara acerca de las adhesiones populares,
consultados -no acerca de su opinión sobre el gobierno- sino sobre los
hechos concretos de su gestión:
-
defensa irrestricta de los derechos humanos;
- consolidación de una Corte Suprema de Justicia calificada e independiente;
- inserción internacional y en particular la elección del
alineamiento con los países latinoamericanos que transitan la misma
resistencia, a los efectos de una globalización asimétrica,
inequitativa e injusta, producto de las políticas neoliberales
diseñadas para socializar las pérdidas y apropiarse inescrupulosamente
de las ganancias;
- la recuperación de empresas públicas como Aguas Argentinas y
Correo, tras el retiro escandaloso ejecutado en ellas por capitalistas
inescrupulosos como Macri;
- la recuperación de los niveles salariales, modesta –pero
recuperación al fin frente a la debacle del Menemato y la Alianza) y en
consonancia, el mejoramiento substancial de los niveles jubilatorios;
la decisión invulnerable de respetar los derechos de todos los
argentinos, a manifestar en las calles por el reclamo de sus derechos,
descartando cualquier tipo de represión violenta a los reclamos
reivindicativos del pueblo, incluidos los de aquellos sectores
enfrentados con el gobierno;
el respeto irrestricto a la libertad de prensa, incluida aquella
que hace de la comunicación una herramienta para la cooptación política
de sectores vulnerables al mensaje mediático interesado;
la recuperación de AA nuestra línea aérea de bandera; la reestatización de los fondos jubilatorios; y
la política macroeconómica que asegura competitividad a nuestra
exportaciones industriales y promueve la desvinculación entre los
precios internos y externos de los bienes y servicios consumidos por el
pueblo argentino.
Constituyen estas, solo unas primeras reflexiones, que deberán ser
profundizadas en los próximos tiempos. Ellos requerirán, sin duda, de
un fuerte compromiso social para sostener las políticas de nuestro
gobierno, el que lejos de “hacer la plancha” como le recomienda la
derecha, debe apostar fuerte al proyecto estratégico que nos hemos
planteado.