UN ANALISIS DEL OFICIALISMO POST 28-J
Una de las más curiosas formas de la autocrítica es la de apuntar como defecto lo que no es más que una virtud, aunque convengamos que los atributos no son igual de meritorios cualquiera sea el contexto. Y señalar que algo es curioso no equivale a decir que es inusual sino que es sorprendente, por paradójico o por ridículo.
En los últimos días todo el mundo le hizo la autocrítica al
kirchnerismo, y en especial a su gestión gubernamental, particularmente
sus acólitos y seguidores. El aquí presente ha contribuido
anticipadamente al escarnio en la edición del 6 de marzo, y hasta
podría insistir en el mismo esquema básico: la elección fue la
continuación por otros medios del conflicto disparado por la resolución
125, que resulta muy difícil de defender en sí misma (no hay
posibilidad de una política agropecuaria al servicio del desarrollo
nacional sin precios sostén y sin intervención estatal en la
comercialización de granos, dos “detalles” que encandilan por su
ausencia tanto en la redacción original de la ley como en la
modificación votada en el Congreso así como en los reclamos de las
entidades gremiales ruralistas), pero cuya principal falla sigue
estando en el modo en que se tomó la decisión. Muy desafortunado, y muy
en sintonía con un estilo en la toma de decisiones, que si en un
momento expresó un estado de necesidad y urgencia, a la larga acaba
revelando o modelando una concepción, un modo de construcción política
autocrático y unilateral.
Como aclaración dejemos establecido que tal como quedaron delineados
los “campos” era necesario optar entre el apoyo al inicial error
gubernamental (bastante mitigado por las modificaciones introducidas en
Diputados) o sumarse a la ofensiva del sector más concentrado de la
economía, cuyos intereses están atados al mercado externo. Es la opción
de 1877, y resulta muy doloroso ver cómo una parte significativa de
nuestra clase dirigente se inclina por el rol de proveedor de materia
prima barata que le asignaba ayer al país el imperio inglés y le asigna
hoy el mercado mundial de granos.
Tal como quedaron planteadas las cosas, en ese momento no había lugar
para neutralismos. Eso entendió Binner, quien decidió regresarse de un
saque al siglo XIX, y reclamar para el país el rol de “granero del
mundo”, al parecer no entendió Lozano y sigue sin entender Pino
Solanas, según se desprende del reportaje que le realizaran Gerardo
Yomal y Hugo Presman en junio pasado.
¿O acaso entienden y se hacen los burros?
Parece que seguiremos insistiendo alrededor de la 125, porque más allá
de su resolución, del voto de Cobos, de la manipulación mediática, fue
en ese momento cuando se expresó en las calles y en la opinión lo que
días pasados volvió a expresarse en las urnas.
Vale cualquier explicación que quiera darse. Valen todas, si se quiere.
Lo que importa es el marco dentro del cual se producen defecciones en
el peronismo, se manipula informativamente, revive el gorilismo, asoma
la irresponsabilidad y oportunismo de la dirigencia política, la
avaricia y egoísmo de la clase media y se expresa abierta,
desfachatadamente –¡y hasta con el apoyo de la “opinión”!– el núcleo
más antinacional y antipopular del poder económico, el agrupado en la
UIA, las dos asociaciones de Bancos, la Sociedad Rural y
Confederaciones Rurales.
¿Cuál es este marco? El de una línea divisoria de intereses que pasa
por el lugar equivocado. Línea establecida por el gobierno nacional a
partir de la resolución 125 y cuya traza en ningún momento buscó ser
corregida, lo que nos remite a la tesis inicial: todo lo que ocurrió el
28 de junio es apenas un momento de un fenómeno desatado con la
resolución 125, y que por esas cosas de la inercia, no se sabe cuándo
ni en dónde ni en qué acabará.
¿Cuál es el origen de la 125? Muchos se enojarán si decimos “el saldo
de caja”, por lo que trataremos de explicarnos: la necesidad de
“blindar” la economía argentina por medio del flujo de caja ante la
crisis internacional que se avecinaba, lo cual dicho sea de paso, habla
muy bien de la perspicacia e inteligencia de quienes conducen los
asuntos del Estado, al menos en contraposición a la ignorancia y
superficialidad o acaso venalidad de sus opositores.
¿De dónde sacar esos recursos, puesto que en la estrategia o en la
concepción kirchnerista no cabe la vuelta atrás en la mayor parte de la
obra de demolición menemista, y que cuando en algún caso se produce, es
porque no hay otro remedio y siempre en onda vergonzante (Correo, Aysa,
Aerolíneas, AFJPes)?
La respuesta estaba a la mano: de la renta extraordinaria que obtenía
el sector rural, particularmente el dedicado a la producción de granos.
En todo caso, se habrán dicho los funcionarios, las retenciones siempre
tienen que ser móviles, como bien explicó en su momento Rubén Lo Vuolo
cuando Lavagna las puso en práctica, corrigiendo el “error” de Remes
Lenicov, que devaluó “olvidándose” de las retenciones a la exportación,
algo que ni a Kriegger Vasena se le habría ocurrido.
Y como lo indica la lógica más elemental, dicho sea de paso.
Antes de seguir, una pregunta: si las retenciones siempre tienen que
ser móviles ¿por qué se esperaron cinco años para hacer lo que se debe
hacer siempre?
Efectivamente, el sector granario estaba gozando de una rentabilidad
extraordinaria, dicho así, en general, ya que la rentabilidad no era ni
es pareja en todas las superficies ni en todos los granos (el mercado
mundial de granos prescinde de las necesidades alimenticias y la
deseable diversidad productiva. Y es lógico que así sea: no está para
eso, sino para ganar dinero y depredar paisitos) ni a lo largo de la
entera cadena productiva. La parte del león se la llevaba el
exportador, que viene a ser siempre alguna de las “cinco hermanas”, que
ahora con Monsanto devinieron en seis. La resolución 125 no introducía
en ese punto ninguna novedad.
Pero así como todos los granos no son lo mismo, mucho menos es una
misma indiferenciada cosa la entera producción agropecuaria, pero la
medida y la actitud gubernamentales tuvieron la virtud de unificar lo
diferente y contradictorio, con la ayudita, es claro, de dos de las
entidades ruralistas, que no sólo traicionaron sus mandatos históricos
sino a su misma base social. Pero en todo caso, en los cinco años que
habían transcurrido la autoridad nacional no les había dado la mínima
bolilla y, según es sabido, las organizaciones también tienen sus
propias necesidades e intereses.
Si la 125 significó el trazado de una línea divisoria en el lugar
equivocado, la intervención al Indec provocó la demolición de la
palabra estatal, lo que despeja el camino a la palabra interesada, que
por esa magia de la comunicación será instantáneamente la palabra
autorizada.
Gracias a esa intervención cualquier tilinga incompetente puede dudar
del ministro de Salud y sospechosos personajes “sin bandera” acusados
de estafa por las Naciones Unidas están autorizados a reclamar una
emergencia sanitaria con el exclusivo propósito de recibir subsidios
por parte del Estado.
Nadie le cree a nadie, por lo que todo el campo es orégano para
delincuentes de toda laya, que cuentan con la complicidad explícita de
“periodistas” siempre dispuestos a ir más allá de lo que la patronal
les exige. Total, ningún opositor desmentirá sus tonterías o
cuestionará sus canalladas. Y si no que lo diga Felipe Solá, que tolera
encantado la dictadura del “sentido común” de una actriz provecta
devenida en oráculo nacional, para quien Honduras tiene la misma
significación que un florero.
Cualquier palabra vale cuando no vale ninguna, porque el único
instituto autorizado a hablar con objetividad fue transformado en
nada... por razones de caja.
¡Otra vez lo mismo!
Los funcionarios, sacristanes y simpatizantes del gobierno nacional
podrán dar todas las explicaciones pertinentes, de seguro acertadas,
para la intervención al Indec (las que se pueden dar y las que se
ocultan, muy ligadas al pago de intereses de la deuda) pero ¿por qué
creerles, si toda palabra oficial puede ser justa o arbitrariamente
cuestionada a partir de la pulverización del único organismo nacional
(nacional, no oficial ni tampoco sólo estatal) cuya palabra detentaba
una razonable credibilidad?
La intervención al Indec fue otra medida basada en la “objetividad”, en
la necesidad de regular el drenaje de divisas, lo que objetivamente es
beneficioso para todos los argentinos, pero.... ¿cuál fue el costo de
esta medida, tan pero tan similar en muchos de sus aspectos a la 125?
La destrucción de la palabra oficial.
Y en política, en la vida entera de las gentes, la palabra es el capital más importante –y a veces el único– con que se cuenta.
Las dos medidas catastróficas que, a juicio o sensación de quien
escribe, explican un poco en parte y un poco en última instancia el
revés electoral del oficialismo, se originan en graves y serias razones
de Estado: blindar la economía y regular el pago de intereses de la
deuda externa, la que es de todos nosotros y que pagamos todos
nosotros, aunque sin darnos cuenta de lo que estamos haciendo.
Y es así, somos nosotros los que pagamos la deuda externa y los que
aportamos, con nuestro forzado sacrificio, al monto de una reserva
capaz de lograr que la economía nacional no sufra gravemente por los
efectos de una debacle externa.
Vale aclarar, y si no vale lo haremos igual, que éste es uno de los
pocos países del mundo donde se discute el monto del aumentos de
salarios y no la cantidad de trabajadores que quedarán en Pampa y la
vía y culo al norte para seguir manteniendo la perversidad intrínseca
de este sistema económico.
Y estas dos medidas catastróficas fueron seguramente tomadas pensando
en el interés nacional. Pero ¿es que cualquier cosa puede hacerse de
cualquier manera y se justifica tan sólo por los fines últimos?
Se huele que no.
Volviendo al principio, seguramente el peor de los defectos del actual
gobierno sea su responsabilidad administrativa. Se trata, y caben pocas
dudas al respecto, de una muy buena administración, de una muy
eficiente y seria administración, puesto que –y podríamos dar muchos
más que los dos ejemplos anteriores– varios de los errores políticos
gubernamentales se explican con facilidad a partir de la lógicas y las
necesidades de una administración sensata y responsable.
Otros no. Otro no se explican en absoluto.
Por si alguien lo pregunta, quien habla cree al actual y al anterior,
buenos gobiernos. En todo caso, de lo mejorcito que hemos tenido en
nuestra vida supuestamente útil, que se remonta mucho más atrás de lo
que sería coqueto confesar. Pero es en esa seriedad donde hoy por hoy
radica el mayor de los defectos kirchneristas.
Y posible, y no secundariamente, que en una concepción de la política y
de la vida, aunque este punto pertenece al ámbito de la interpretación
sicoanalítica.
Tanto los actos de Néstor Kirchner como los de Cristina Fernández
parecen haber sido guiados por supremas razones de Estado, y fuera del
cuestionamiento a sus estrategias está claro que sus móviles y
objetivos no se encuentran en sintonía con los intereses
antinacionales. Y que por las razones que fueren –por bien del sistema,
por sensibilidad social o necesidades nacionales– se trató y trata de
gobiernos de orientación popular, inusual rasgo que motivó gran parte
de las oposiciones y sin embargo no consiguió movilizar los suficientes
apoyos.
La explicación más cara al kirchnerismo consiste en atribuir el extraño
fenómeno a la ominosa mano de “los medios”, una explicación inadmisible
para un movimiento popular, o que se precie de serlo. Y además,
infantil. Algo así como un “Señorita, yo quiero hacer las cosas bien
pero el niño Clarín no me deja”.
Por definición, los grandes medios de comunicación siempre están y
estarán al servicio de los grandes intereses, y quejarse de ellos es
tan cuerdo como quejarse de la ley de gravedad cuando se nos ocurre dar
un salto hacia la luna.
Será cuestión de hacer un cohete ¿no?, porque andar echándole la culpa
a Newton es cosa de papanatas. Y con mucha más razón cuando uno hace ya
seis años y pico que detenta el poder político y administrativo del
país, tiempo más que suficiente para haber hecho algo al respecto.
Sin embargo ¿hay algo diferente, que valga la pena “comunicar”?
Si es así, no se nota.
Todo lo que el kirchnerismo desea “comunicar” es lo que en otro marco
cualquiera de los grandes medios podrían hacer suyo. E hicieron suyo,
en su momento. Este ha sido, desde un punto de vista objetivo, y aun
desde el subjetivo del mundo capitalista, un gobierno extraordinario,
capaz de resucitar una economía aniquilada, de generar empleo, de
aumentar un poco el poder adquisitivo de los salarios, de reactivar el
mercado interno, de llevar a cabo un asombroso plan de obras públicas,
de acumular reservas, de mantener los superávits gemelos incluso en
medio de una crisis internacional.
Y es así: se trata de un gobierno demasiado serio, de una
administración extremadamente responsable que hace “los deberes” sin
que nadie se lo pida y antes de que nadie lo pida. ¿O acaso alguien
puede razonablemente quejarse de que el valor del dólar no dependa de
la especulación privada sino de una decisión pública? ¿Que haya
reservas suficientes para impedir corridas bancarias? ¿Que se siga
discutiendo aumentos de salarios cuando en el plano internacional lo
que está en cuestión es la conservación de los empleos? Aburriría
seguir con los ejemplos de responsabilidad administrativa.
“Nosotros hacemos”, dice el oficialismo. Y parece ser eso todo lo que
tiene para transmitir, como si los argentinos debiéramos sentirnos
agradecidos de que un gobierno cumpla con su trabajo. Comparando con
los anteriores, es una anormalidad, por supuesto, pero al fin y al cabo
les pagamos el sueldo, y lo bien que viven, como para que después de
casi siete años podamos conformarnos con tan poco.
Después de casi siete años. Sí señor.
Siete años en la vida de uno es mucho tiempo, excepto que los pasemos
panza arriba y tomando ron en una playa caribeña, en cuyo caso será muy
poco tiempo.
Siete años en los que el proyecto económico gubernamental ya dio todo
lo que le era posible dar en materia de integración y reparación
social. No es nuestro ánimo cuestionarlo en este momento, sino apuntar
que ha sido insuficiente para conseguir algo que es básico y que, tal
vez inconcientemente, la mayoría de los argentinos exige –o así debiera
hacerlo– a este gobierno y no le han exigido a otros: la reunificación
de la sociedad, la reconstrucción de una sociedad cada vez más
igualitaria e integrada.
¿Por qué se exige tanto a éste y a otros no se les ha exigido nada?
Pues porque “estos” se han ofrecido para conseguirlo. Y, además de la
desmemoria e ingratitud que apuntan algunos analistas, la exigencia
indica que la mayoría de las gentes le han tomado la palabra al
kirchnerismo, que a regañadientes y con malhumor, le han creído, y
ahora dudan de sus intenciones y del valor de esa misma palabra, puesta
en duda En todo caso, no se muestran dispuestos a esperar más. Y están
en su derecho.
¿Cuál es el por qué y el para qué del sacrificio que cualquier asalariado cree que lleva a cabo?
Cree y tiene razón al creerlo: los supéravits gemelos y las reservas
acumuladas son producto del esfuerzo y el ahorro de los argentinos, que
si bien es cierto han mejorado su situación, no encuentran en la lógica
de Estado y la macroeconomía razones suficientes para seguir
postergando la satisfacción de algunos gustos y unas cuantas
necesidades.
Las necesidades no son objetivas, por si alguien quiere saberlo. Y
mucho menos cuando son analizadas por sociólogos y politólogos
medianamente gorditos y satisfechos.
Me decía un amigo: “Quien apele a lo peor, a lo más ruin que los seres humanos llevamos adentro, tendrá éxito.”
Mi amigo descree de la especie. Del homo sapiens, así, en bloque. Y si
me apuran, yo también. Y sin embargo, todos y cada uno, a su manera y
en su medida, hemos sido testigos de hechos sorprendentes
protagonizados por esos mismos humanos de los que descreemos.
Hay algo adentro del más ruin, una cualidad que los creyentes
consideran “divina” y los agnósticos optamos por llamar “humana” o
“cultural”, que surge en los momentos y las circunstancias indicadas,
siempre que alguien sepa invocar eso, lo mejor que tenemos dentro.<
Las grandes causas, decía Malraux, son grandes justamente porque son
capaces de albergar las mayores miserabilidades. Y si no, no.
¿Y cuál es la gran causa a la que convoca el kirchnerismo? ¿Los superávits gemelos?
¿Cuál es el motivo, la razón, la finalidad que justifica el sacrificio
popular? Porque es verdad que la situación de los trabajadores ha
mejorado mucho en los últimos siete años, pero ¿algún funcionario,
algún dirigente, algún tecnócrata tiene la más remota idea de lo que
significa vivir con dos mil pesos al mes? ¿O ni siquiera disponer de
esos dos mil pesos y recolectar cartones? ¿Alguien, de los álguienes
que cuentan, viaja alguna vez en tren a hora pico desde Varela a
Constitución?
Tal vez fuera conveniente que los kirchneristas comenzaran a buscar las
explicaciones de lo que pasó por ese lado, por el lado de la
insatisfacción de las necesidades populares, de las gentes que tienen
una sola vida y para la que siete años es mucho tiempo de esperar.
¿Y para qué? ¿Para una abstracción, para algo tan ajeno a la vida
cotidiana de uno que es un cualquiera como son las reservas del Banco
Central?
¿Por qué no se dejan de joder y gastan de una buena vez “el oro” que
juntaron y que “no los deja caminar por los pasillos” del Banco Central?
Las reservas, los superávits gemelos, los correctos parámetros
macroeconómicos son importantes. Nadie dice que no. Pero si uno tiene
una sola vida y los años van pasando y resulta ser que el invierno
sigue siendo para muchos y la cobija para muy pocos, es lógico que se
opte por cualquier otra cosa, porque sí, por un albur, “con la
escéptica expectativa de quien juega un número a la lotería”.
Dicho sea de paso, el aquí presente acaba de citar, casi en forma textual, a José Antonio Primo de Rivera. Un fascista.
Un fascista es muchas cosas, la mayoría malas. Pero éste era un tipo
capaz de comprender algo tan simple como que “nadie da la vida por el
sistema métrico decimal”.
Si se pretende apelar a la grandeza popular, a lo bueno que los seres
humanos tienen dentro, convóqueselos por grandes causas, no por el
sistema métrico decimal, por la racionalidad administrativa o los
superávits gemelos.
Y en todo caso, un poco de poesía, de gestos y palabras que nos lleguen
al corazón, y menos seriedad, responsabilidad y explicaciones sesudas y
académicas. Y un poco más de populismo, demagogia y clientelismo, que
bien que nos hace falta.
Fuente: www.revista-zoom.com.ar
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