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El kirchnerismo como lógica y como construcción política ha entrado en una zona de interrogación. Mal que le pese a la oposición, seguirá gobernando, incluso en minoría. Sin embargo, no hay consenso posible si la exigencia es no tocar la renta de la tierra, a los represores, al poder de la Iglesia conservadora, la distribución del ingreso y a los grupos económicos concentrados. De lo contrario, en 2010 la sociedad argentina antes que celebrar al Segundo Centenario, volverá a festejar el Primero.
El mundo no se vino abajo, efectivamente, pero hubiera sido mejor que
el mundo no se viniera abajo. Los que ganaron, ganaron raspando pero
ganaron. Los resultados electorales parecen venir de la derrota de la
resolución 125. A grandes rasgos, el electorado quedó dividido en tres
tercios, mas un 10% de “otros” heterogéneos. ¿Dónde quedaron los
grandes apoyos del PJ y la CGT que prometían los actos previos? Viene
la hora de juntar sin hacer ruido.
Desde el olvido
Las urnas hablaron. Hoy y aquí, votar parece la cosa más natural del
mundo. Quizás por eso, algunos, refractarios a los mandatos de la
manada, deciden no participar porque se recluyen en uno de los tantos
pliegues hipnóticos de la realidad. Para quien esto escribe, sin
embargo, elegir –un deber y también un derecho– no es un acto común y
corriente.
Tampoco lo debería ser para los argentinos mayores de 25 años, todos
los cuales vivieron alguno de los largos períodos de inestabilidad,
proscripción popular y terror que constituyen nuestra historia
contemporánea.
De haber vivido en un país normal y como Dios manda, quien esto escribe
debió haberlo hecho por primera vez en 1966, pero en aquel entonces no
mandaba Dios sino un general con labio leporino que pretendía
perpetuarse en el poder. Ya había sucedido la revolución cubana, y
también la invasión de Estados Unidos a la República Dominicana; todos
sabíamos de los tanques que habían irrumpido en el frigorífico Lisandro
de la Torre; circulaban mensajes del tirano prófugo en Puerta de
Hierro; los Uturuncos habían dado un golpe exitoso en Frías, Santiago
del Estero; el comandante Segundo había caído en Salta, y no se podía
votar libremente. El peronismo “real” se refugiaba en los sindicatos,
no todos: había 62 que sí, y 33 que no. La estructura partidaria
territorial del PJ era poco y nada, e iban asomando los distintos
neoperonismos que verbalizaban apoyar a Perón y operaban para que no
volviera nunca.
No podía ser este un país normal: aquel general se presentó un buen día
ante el distinguido público de la Sociedad Rural en Palermo, engalerado
y flanqueado por un par de criados con librea, recibiendo una cerrada
ovación y un coro de mugidos de rancio pedigree británico. En su
discurso redactado por Mariano Grondona, Onganía anunciaba que había
decidido quedarse para siempre en la Rosada. Lo acompañaba un ministro
de Economía de nombre Adalbert, que hablaba con ligero acento inglés y
era descendiente de los dueños de los talleres metalúrgicos Vasena, los
de la Semana Trágica. Funcionaba al mango la caldera de la hora de los
hornos.
Fuego al fuego
Como nada de eso daba para país normal, quien esto escribe recién pudo
inaugurarse como ciudadano siete años después, en 1973 y no en 1966, y
por eso entonces, como ahora, lo disfruta como una fiesta personal
además de cívica.
El sufragio es anterior a la democracia, y ésta no es una concesión del
príncipe ni un hecho natural, sino una creación humana –sistema de
representación política, de gobierno y de convivencia– a la que el
orden natural se resiste. Encaje o no con la ley de la selva, la
soberanía pasó del rey al pueblo, al Estado o a la Nación, aunque esto
vaya asumiendo distintas formas a medida que se transforma la
globalización capitalista, y la dependencia la limite.
Permítaseme exagerar entonces, agregando que aquellos pibes
consideramos como un triunfo propio haber llegado a esas elecciones de
1973 en una situación tan extraña a la realidad de hoy, que resultaría
casi incomprensible.
Habíamos decidido un destino propio creyendo ser intérpretes de lo que
anhelaba la sociedad a la que se tomaba por “pueblo”; no éramos unos
cuantos sino miles, e inventamos una cultura propia creyendo que el
mundo se haría a nuestra imagen y semejanza, o la bandera flamearía
sobre sus ruinas, creencia que en el futuro será el principal escollo
mental para poder entender y adaptarse a los fuertes cambios que se
producirán en las siguientes décadas, e inversamente, también sirvió
como coartada para que unos cuantos se pasaran al bando de los
horribles.
Sin embargo, tanto por los hiatos generacionales que abrió el cuchillo
como por el transcurrir de los relojes biológicos, aquello sigue siendo
un motor deseante para volver a creer en algo. Por cierto, el tiempo
demostraría que esa centralidad juvenil era relativa, por fortuna para
los narcisismos, y lo que resultaba tan firmemente logrado no fue más
que el primer round, un espejismo al que le llegará su hora de la
masacre.
La normalidad y los consensos
Al haber resucitado esa imagen sepia de Onganía con galera, proyectado
con lo que mostraría ser en definitiva y al desnudo la oposición en
esta campaña electoral, y pasando por lo que fueron Martínez de Hoz, la
Ucedé apropiándose del PJ en los ‘90, el Frepaso avalando la sumisión
al FMI con las Banelco y el estallido del modelo de saqueo en 2001, nos
surge un interrogante existencial: si en 2010 la sociedad argentina
pretende celebrar al Segundo Centenario, o acaso volver a festejar el
Primero, en cuyo caso lo mejor –aunque no lo bueno– sería que el
próximo presidente fuera el Lole Reutemann, quien se impuso sobre
Binner con un estrepitoso 2% pero ganó el doble de puestos senatoriales.
Un peronismo sojero es impracticable salvo que todos nos convirtamos en
terratenientes. La idea de un bipartidismo en base a un peronismo de
derecha y un radicalismo de izquierda, pero siempre centristas,
aceptando a carta cerrada los dictados de los mercados, es sólo una
expresión de deseos de esos mercados que hablan a través de la
oposición.
Un país normal es uno que no vive de fantasías sobre sí mismo: soñar
con un granero del mundo en el que no tendríamos lugar, creer que todos
ganamos dólares porque un DNU así lo dispone, o entregarnos con los
lienzos caídos al FMI para que los De Ángeli disfruten de una brutal
distribución regresiva del ingreso. El PJ, como principal fuerza
territorial en pie –en decadencia, como el resto de la representación
política– tuvo una responsabilidad primordial en la apertura de esos
paraísos ilusorios.
Es para volver a festejar, al menos para el 30% del electorado que
entendió cuál sería un país normal continuando este rumbo, aunque para
llegar a esta módica cuota de normalidad se haya derramado la mejor
sangre, la de sus hijos, y el país haya estado al borde de la
desaparición. Y también porque se viene construyendo mientras subsisten
tareas pendientes en orden a su identidad, su equidad y emancipación,
sobre las cuales este gobierno ha hecho (por nosotros, no por los inuit
esquimales) lo que no se hizo en décadas.
No hay consenso posible si la exigencia es no tocar la renta de la
tierra, a los represores, al poder de la Iglesia conservadora, la
distribución del ingreso, y a los grupos económicos concentrados.
Seguir para adelante
Hay que seguir gobernando, incluso en minoría (muchachos, siempre
fuimos minoría) y tratando de remontar la angustia de la derrota,
porque el poder concentrado está moderadamente ensoberbecido. El lunes
29, las acciones de Clarín y Techint en la Bolsa treparon 30%.
La oposición tendrá que elegir ahora entre asegurar la continuidad
institucional, o apoyar lo que pide la Mesa de Enlace y la devaluación
que exige la UIA de modo de poner al gobierno al borde. Néstor aclaró
que no abominará de sus convicciones, y al día siguiente, lo reafirmó
Cristina. No son de entregarse, y la Presidente sostiene el timón. Lo
agradecemos.
Hay que reivindicar el trabajo y la pasión militantes, sobre cuya
tensión –aunque insuficiente– se basó casi todo lo obtenido. En este
sentido, está bien que se reclame la cabeza de los mariscales de la
derrota, pero se corre el riesgo de creer que los responsables saldrán
corriendo como ratas por tirante sólo porque unos cuantos lo
reclamemos. Habrá que ver por qué a pesar de esa amplia movilización,
mayor a la de toda la oposición junta o separada y a lo visto en los
últimos años, se confundió microclima con realidad.
Habrá que entender que, aún detrás de una cruzada antikirchnerista, es
improbable que la oposición se unifique porque hay poderosos y
contradictorios intereses de por medio.
Habrá que ver por qué los mejores no tienen lugar en el gobierno, y por
qué los que lo apoyamos no tenemos ni tuvimos ningún apoyo.
La derrota siempre debe estar entre los planes de contingencia, y por
lo tanto, es hora de decidir de una vez por todas ponerse a construir
en silencio, pasito a paso, una nueva alianza social y política que
impida la consolidación definitiva de los horribles. No se hace sólo
con voluntad. Tiene que haber una racionalidad común, organización y
una narración enlazada con los grandes cambios de nuestra historia
nacional. Hay en las filas del gobierno demasiada realpolitik,
demasiado noventismo cortoplacista.
Nunca contra el PJ
Un análisis fino determinará más temprano que tarde qué significa en
este contexto lo que opinó Ernesto Laclau en una reciente entrevista
concedida a la revista Debate: “No es que diga que se pueda prescindir
del PJ. Si pensáramos que Kirchner... tratara de construir un partido
ideológicamente nuevo, sería de una ingenuidad sin límites. El PJ tiene
que ser parte del proceso, pero el problema es que no tiene que serlo
solo. La cuestión a evaluar es si el kirchnerismo no se ha lanzado
demasiado a jugar la alternativa del PJ de manera exclusiva, y qué
consecuencias le puede traer”, porque parece que parte de ese aparato
del PJ territorial y sindical intentó otra vez el muy desacreditado
abrazo del oso, sobre todo en la estratégica provincia de Buenos Aires,
dando la espalda a Néstor Kirchner por aquello de que billetera mata
galán.
Y si no se la dio, es porque se sobrestimó su poder, y la anomia –el mercado del Partido Mediático– reina en la Argentina.
No hay que sobrestimar el rush electoral de Pino Solanas: no solo de
voto progresista vive el ciudadano porteño. Ni creer que el
seudoperonismo PRO en la provincia de Buenos Aires tiene un capital
propio del 34,6%, parte del cual es voto útil o castigo, pero en todo
caso muy volátil. Hay un vuelco a la derecha, pero todavía es tendencia.
Los meses que siguen van a ser moviditos. La oposición abjuró de
denunciar fraude pero intentará un pastiche mediático con diputados
virtuales, una especie de Gran Cuñado institucional.
Sea como fuere, el kirchnerismo como lógica y como construcción
política ha entrado en una zona de interrogación que se irá develando
también más temprano que tarde. Pero ojo, que la oposición no se
confunda.
Fuente : www.revista-zoom.com.ar
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